En El Retiro Taberna Restaurante sabemos bien que los vinos de Granada no son un fenómeno de moda pasajera con intentos de quedarse entre nosotros por unos pocos años. La terca historia nos delata que Granada en toda su provincia ha sido una gran productora de vino, incluso exportando en diferentes épocas vino hacia el mediterráneo, y eso queda en el ADN del terruño, que cuando se le mima, se le trabaja con cuidado y con cariño esa tierra, esas cepas, y ese clima arrancan a funcionar en sintonía para ofrecer un producto de alta calidad y con tanta variedad como ofrece la misma orografía granadina.

En Granada el vino, la parafernalia que lo rodea, la filosofía en torno a la que gira, la tierra, la bodega, la vid, el campo y la uva, están presentes desde que el hombre se asentó por estas tierras, y era tal la calidad de los vinos de estos pagos que, hacia Roma, en el esplendor de su Imperio se facturaban ánforas con el vino granadino que se elaboraba en las antiguas poblaciones bastetanas, lo cual queda corroborado con hallazgos arqueológicos recientes en torno a la comarca de Guadix.

La tradición del vino granadino no solo se recoge en restos materiales depositados por la historia, uno de los vestigios inmateriales más presentes y que podrá sorprender a muchos es su aparición en el origen de palabras tan irrefutablemente granadinas como Carmen.

En latín, Carmen significa “canto” o “poema”, pero el nombre del Carmen no viene del latín, sino del árabe karm que significa “viña”, pero tiene una extensión de significado que, por un lado le lleva hasta “vid”, “parra”, “cepa” y por otro hasta “viñedo”, “jardín”, “huerto”. Durante el reinado de los árabes en Al-Ándalus los huertos y jardines se llamaban “carmen”.

En la Contraviesa-Alpujarra encontraremos diferentes topónimos relacionados con el tema vitícola como los de Albuñol y las Albuñuelas que proceden del latín vineola, y el de Pampaneira, que obviamente evoca el pámpano o sarmiento verde de la vid.

 La heredera de los Reyes Católicos la Reina Juana I de Castilla llamada “la loca” otorgo un privilegio a los habitantes de Granada donde solo los bodegueros granadinos podían comerciar con vino dentro y hasta en tres leguas a la redonda de la ciudad, privilegio real que hasta tres siglos después no fue derogado.

Durante la Edad Media, la referencia a los vinos granadinos queda registrada en la Puerta del Vino “Bid al-jamra”, en la Alhambra (quizás de las construcciones más antiguas de la fortaleza nazarí de la época de Mohamed 11).

Los vinos granadinos tienen características especiales que los hacen interesantes y fascinantes. Una de ellas es el clima. La temperatura y las corrientes frescas del aire de Sierra Nevada que producen un efecto beneficioso en el proceso de maduración de la uva. Otra es la altitud, entre los 1.000 y 1.400 metros sobre el nivel del mar. En Granada existe un microclima garantizado, estable y riguroso, como se merece la vid.

Muchos de los vinos granadinos lucen con orgullo medallas de plata y oro en numerosos certámenes internacionales, otros consiguen marcas por encima de los 90 puntos sobre 100 en las más prestigiosas guías de vinos mundiales, lo que certifica una gran calidad y unos grandes resultados de las bodegas granadinas que con una producción no muy elevada basan su valor diferencial en la calidad de esos pocos miles de botellas.